De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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No daba el doctor Peñarrubia dos adarmes de peso a los motivos de la angustia de Fernando; pero no desconocía que el grano de pólvora que, inflamado al aire libre, no mueve una paja, oprimido entre obstáculos levanta una roca. Aun suponiendo en Águeda todos los atractivos imaginables, su amor, con obstáculos y todo, no podía causar estragos en un pecho avezado a esa clase de impresiones y abierto al aire libre de las vulgares corrientes peripecias de la vida galante. Pero en Fernando, el mismo caso ofrecía muy graves peligros. Era, por naturaleza, lo que comúnmente se llama juicioso; es decir, reflexivo, incapaz de encariñarse, y mucho menos de entusiasmarse, con aficiones pasajeras ni con frivolidades pueriles. Podía equivocarse en la elección de una senda; pero se equivocaba en buena ley, es decir, poniendo en sus meditaciones, antes de decidirse, cuanto cabía en su discurso. Así, era entusiasta sin dejar de ser frío. El caudal de sus ideas, buenas o malas, lo formaba adquiriéndolas poco a poco y saboreándolas; y una vez pertrechado de esta suerte, iba hasta el fin de sus proyectos, sin arredrarle los peligros, que antes le enardecían cuanto más inesperados eran y mayores.

Tenía su padre bien conocidas y comprobadas estas y otras análogas condiciones de carácter; y he aquí por qué, no obstante la pequeñez real del motivo, en opinión del doctor, andaba éste sin hora de sosiego, aunque cosa muy distinta aparentaban sus zumbas de dientes afuera.

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