Explore "Pedro Sánchez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
No tuvimos necesidad de llamar a la puerta; pues Carmen, que nos esperaba detrás de ella vigilante, nos la abrió tan pronto como oyó el ruido de nuestros pasos. Asaltóme al entrar el recuerdo de la primera vez que había visto yo a la hija de don Serafín en aquel mismo pasadizo. ¡Con qué respeto, con qué ruborosa admiración a su belleza, con qué cortedad de lugareño le tendí la mano entonces! Pero en esta otra ocasión, después de lo que yo había aprendido en la escuela del chico y del gran mundo; de haberme acostumbrado al trato de tantas y tan diversas gentes; después de haber ejercido durante un año una verdadera dictadura en la república de las letras, y, sobre todo, con la aureola que me daba la persecución del Gobierno por la publicación de una obra cuya resonancia había hecho de mi nombre una bandera en la corte de las Españas, donde tantos hombres de altísimo valer viven obscuros y desconocidos, ¡qué grande me vi en la pequeñez de aquella morada, y con qué aires de protector me digné tutear a Carmen, mientras tomaba sus dos manos entre las mías y las completaba risueño y bondadoso desde la altura de mi grandeza!
Creo que no le desagradó aquella muestra de paternal confianza. Desde que me hice publicista noté yo en ella, las pocas veces que nos vimos, ciertas señales de admiración a mi talento. No es de extrañar que la admiración llegara al asombro en aquellos días en que tanto ruido hacía mi nombre.