Sotileza by José María de Pereda — Read

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Bastó con que le buscaran con arte las cosquillas de sus debilidades, para ser el primero en acudir á las juntas preparatorias, y el primero en hablar en ellas para ponderar las ventajas incalculables de la atrevida empresa, y no de los últimos entre los principales accionistas, y de los más apasionados en la memorable batalla que se libró más tarde sobre si el camino había de ir por la derecha ó por la izquierda; y hasta se presume que metió una vez la pluma en El Despertador Montañés, para contestar á ciertas agresiones embozadas que creyó ver en El Espíritu del Siglo, cuando estos dos periódicos, órganos respectivos de los dos bandos beligerantes, andaban tirándose los trastos á la cabeza. Aplaudió el establecimiento de las líneas de vapores entre este puerto y otros franceses del Atlántico. y, en fin, hasta mordió después el cebo de las primeras sociedades de crédito que se colaron en la Montaña detrás del ferrocarril. Perdió bastante el apego al viejo sillón de su escritorio, y se dió con entusiasmo al negocio, ilustrado con peroraciones elocuentes y escolios luminosos en las aceras del Muelle y en el Senado del Círculo de Recreo.

Su hijo y Andrés le reemplazaban en el banco de la paciencia (así llamaba él al escritorio á la antigua). Tolín había salido muy dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento: los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina de arriba y de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía una excelente nariz, delicado paladar y admirable sutileza de tacto en las yemas de sus dedos para examinar muestras de harina, azúcar y cacao; y sobre todo, afición, que es el misterio de todos estos tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía á su cuidado la caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre, hicieron que se acomodara sin disgusto á aquellas tareas tan ingratas para quien no las penetre con verdadero amor á los fines á que se enderezan. Bastaba ver á los dos amigos, para comprender sin esfuerzo esta diversidad de gustos y de aptitudes entre ambos. Tolín era un jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena fisonomía, reparón y hasta minucioso en la mirada; escogido, ó más bien preciso en la frase, metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras sobrantes de papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos numéricos, en guarismos que parecían de molde; sabía repartir la atención convenientemente y sin embarullarse, entre varios asuntos á la vez; y aunque era ágil en sus movimientos y poco dengoso, no había en su vestido correcto ni una mancha ni una arruga. En fin, que caía en el escritorio como santo en su peana.

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