Explore "Sotileza" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Por la noche rebosaba de parroquianos la Zanguina, y apenas cabían los sobrantes en los arcos de afuera. Los ochavos de la cucaña se habían partido entre los que luchaban por ellos; y así y todo, fué necesaria una trampa, consentida por quien pudo no pasarla, para llegar sin zambullida hasta el extremo de la percha. Muergo, que no hallo los zapatos al retirarse, después de rascar malamente el sebo que se le había agarrado al pellejo durante la brega y á pesar de los remojones, se había propuesto invertir su ganancia correspondiente en darse un regodeo de estómago y en un moquero blanco para regalar á Sotileza. Porque aunque de pronto le costó un berrinche la pérdida de los zapatos, considerando después que éstos de nada habían de servirle, puesto que no se amañaba á andar con ellos, acabó por darlos al olvido. Así es que, mientras el Cabildo entero se agitaba en su derredor comentando á gritos el suceso de la tarde, él, callandito y descuidado, atiborraba el cuerpo de fritanga y pan del día, con largas intermitencias de lo tinto, especialmente cuando el diablo le amontonaba en la memoria el suceso aquél de la bandera después de la regata; los verdascazos de por la mañana, cuando soñaba con cosa bien distinta, y hasta su encuentro nocturno con Andrés, cuyo relato no había podido hacer á Sotileza. ¡Andrés!. ¡Bien de veces le vió él aquella misma tarde rondando la barquía callealtera con su bote! ¡Y qué ojos echaba el tunante á algo de lo que había en ella! Para matar este gusanillo, latigazo doble; y así iba capeando el temporal tan guapamente.
En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar, muy sulfurado.