La Enferma by Eduardo Zamacois — Read

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ADVERTENCIA: Este libro, publicado en 1896, es mi primera novela: afortunadamente, la prensa apenas habló de ella, la edición fué corta y mi esfuerzo pasó inadvertido. Aunque ogaño la presento muy corregida, el lector sorprenderá en sus páginas candores y balbuceos de principiante, descripciones borrosas, retratos que mi mano bisoña no supo dejar rotunda y gallardamente concluídos, momentos psicológicos que el temor de parecer machacón y difuso, dejó mal alumbrados. Conste así en desagravio de la labor que luego he hecho. / / E. Z. / Madrid, Junio 1903.

Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien, al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial, paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio!. Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando por buscarle semejanza con otro objeto, pero sin conseguirlo; siempre le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la cabeza? Continuó mirando. y, nada; la realidad se obstinaba en no doblegarse al capricho.

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