Explore "Tres senas, dos ases" by Abraham Valdelomar on Textopian. Read with annotations and highlights.
–Cuando yo comencé a hablar–empezó diciendo Irving– tres nombres me eran familiares, father, mother y dear Tomy, que correspondían a mi padre, a mi madre y a mi amigo Tomy, hijo de nuestros vecinos y socios de mi padre, los Richards. Juntos estudiamos, juntos ingresamos a la Universidad y juntos recibimos nuestros grados. Así, pensábamos idénticamente y nuestros gustos eran uniformes. Jamás discutimos; y no por ello nuestra vida se deslizara con monotonía, pues aunque dos personas piensen de la misma manera, si saben ver la vida y comentarla, siempre serán mutuamente interesantes. Estábamos convencidos de que era necesario tener dinero, mucho dinero. Era una religión que nos habían inculcado desde niños; todavía recuerdo las palabras de mi padre antes de morir: "Irving, hijo mío, es necesario que sepas hacer una gran fortuna. Eso es lo único que puede guiarte en el mundo. Pesada carga es la vida sin dinero. Más vale comprar que vender. No hagas arte para que los otros te lo paguen; prefiere que los otros lo hagan y te lo vendan. Es más cómodo y más seguro. Nunca te pongas en el comercio de la vida en situación de ofrecer, porque llevas desventaja. Más felices fueron Creso y Salomón que Sócrates, quien con toda su filosofía se vio obligado a tomar, contra su voluntad, un amargo cocktail de cicuta, y ese infelicísimo alemán de Beethoven, de quien dieran cuenta la hambre y los piojos. Y créeme, que si Cristo hubiera sido capitalista o director de Banco, no lo habrían crucificado. Recuerda que no hay precedente de que ningún millonario haya sufrido los amargos dolores del mundo. El dolor es, felizmente, cobarde. Ataca a los mendigos, a los que van a pie, a los que carecen de abrigo y de alimento; con ellos es duro, cruel, canalla, judío, no los deja vivir; pero cuando se encuentra con un hombre, en un automóvil, con una amante envuelta en pieles, cuando sabe que hay dinero en el banco y acciones y edificios y un buen libro de entradas, te asalta en la calle, entre el champagne, te adula como todos los hombres, se vuelve elegante, distinguido, te distrae y concluye por ser un exquisito compañero metafísico. Entonces no te habla de la comida ni de los zapatos, sino de los primeros principios y del "más allá".
Así nos encontramos un día solos en la vida, Tomy y yo eramos como dos hermanos. No teníamos secretos ni bolsillo aparte. Poseíamos en común ochenta mil dólares, suma exigua, como usted comprende. Habíamos emprendido algunos negocios que produjeron poco. El año 1911, teníamos cien mil dólares más o menos. No nos alcanzaría ni para dar la vuelta al mundo, que es lo menos a que puede aspirar un sudamericano vulgar. Yo tenía 24 años, Tomy 26. Nuestro porvenir era sombrío.