Explore "Tres senas, dos ases" by Abraham Valdelomar on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al día siguiente fuimos a la Insurance. Me aseguré y Tomy pagó las primas. En el fondo yo estaba contento. Lo único que me mortificaba era tener que esperar un año para matarme. Pero me quedaba un recurso: pedir a Tomy que me diera todo el dinero de la liquidación de nuestros negocios, para poder pasarla lo mejor posible durante ese ario que me separaba de la muerte. El negocio estaba terminado. No faltaba sino que llegara el 12 de marzo de 1912 para que yo me pegara un tiro. En los primeros días, el asunto no me preocupó mayormente. Estaba resuelto a matarme, tenía la conciencia serena y fresca. Había hecho o iba a hacer un gran beneficio a un amigo tan querido como Tomy. Pero me espantaba un año de desocupado, me parecían vacaciones demasiado largas. Así, pues, resolví buscar una amante. La saqué una noche del Metropolitano. Quise pasar los doce meses que me quedaban entregado a todos los placeres. Usted no concibe el cambio de valores y de aspectos que toma la vida para un hombre que está resuelto a matarse. Para él no habrá nada imposible, ni exceso que no pueda cometer, ni pasión que no pueda saciar. Lo que era antes timidez o prudencia, se vuelve audacia y temeridad. Mi salud, por mal que la tratase, me duraría un año. Cuando me encontraba con Tomy, me mostraba alegre y feliz; él en cambio se había vuelto preocupado y taciturno.
A veces, recostada la cabeza sobre el mórbido seno de Hellen, miss Hellen, la adorable artista del metropolitano, pensaba en mi suicidio, y en las mil maneras de llevarlo a cabo. No me pegaría un tiro, aquello hace sangre, mancha la ropa. Pensaba en un veneno sutil, de esos que hacen morir sin estremecimientos y sin dolores. Compraba libros de medicina y estudiaba la característica de todos los tóxicos. Un día me resolví por el éter, otro por la morfina. Creí más tarde que lo mejor sería inocularme alguna enfermedad. Hellen, la adorable mujer, era para mí una manera divina de pasar los últimos días. Pero una tarde –¡ah, esa tarde!– reparé con espanto que me había enamorado de miss Hellen. Conciba usted el horror que aquella constatación me produjo. Pensé inmediatamente en abandonarla. Todavía faltaban siete meses para mi suicidio. Pero no la dejé. Me pareció una nerviosidad infundada. Era pueril pensar en eso. Por otro lado, ¿qué derecho tenía yo para enamorarme?