Tres senas, dos ases by Abraham Valdelomar

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El 12 de marzo llegó. Aquella noche yo había dormido bien. Mis nervios excitados tuvieron una laxitud maravillosa, y después de la preocupación del día, en la noche se habían abandonado por completo al descanso. Yo no tenía la cara del individuo que se va a suicidar seis horas más tarde. Abrí los ojos serenamente en mi cama; crucé los brazos por detrás de mi nuca, estiré las piernas y me puse a pensar. Hasta mi lecho llegaba la música del jardín. Cantaban bajo las enramadas aquel día, las aves con una alegría desusada. Las ramas de una vid fresca, agitaban sus pámpanos sobre los cristales, y tras de ellos un jirón de cielo hondo transparente y azul daba al marco de la ventana, la más bella nota de paisaje. Me acordé de los cielos de Burne Jones; y un rápido comentario sobre los acuarelistas ingleses cruzó, como un destello, por mi imaginación.

Toqué un timbre, extendiendo lánguidamente la izquierda, y a poco oí en el cuarto vecino, caer el agua en la tina. Entró el criado y me dijo:

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