Aventuras de cabeza de piedra by Emilio Salgari

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La galería recorrida por los fugitivos se prolongaba en una especie de conducto subterráneo que, a juzgar por su dirección, seguía la lengua de tierra que unía la roca a la ir orilla del lago. El corredor era angosto, bajo y frigidísimo, por efecto de los carámbanos que pendían de su techo escabroso por el continuo destilar del agua al filtrarse.

La baronesa de Clairmont, su hija, Mary Wentwort y Liseta, forzadas a soportar aquella dura marcha, mostraban, a pesar de todo, una calma y una serenidad que despertaban la admiración de sus amigos, animándolos y disipando en gran parte las preocupaciones que los oprimían. El barón no les había alcanzado aún, y Enrique ordenó a su hermano y a «Petifoque» volver sobre sus pasos a fin de ver lo que sucedía, cuando el caballero apareció corriendo.

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