Explore "Las hijas de los faraones" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las estatuas de Memnón gozaban entre los antiguos egipcios de gran veneración, que no cesó ni siquiera cuando los romanos, aquellos formidables conquistadores del mundo entonces conocido, invadieron las orillas del sagrado Nilo, incluso tuvieron también ellos una verdadera idolatría por el hecho entonces extraordinario e inexplicable que una de ellas, al despuntar el sol o a su ocaso, produjera un sonido. Los antiguos egipcios afirmaban que cuando un Faraón se acercaba a las dos estatuas, aquel sonido extraño que semejaba el crepitar del azufre cuando es estrujado con la mano, pero infinitamente más fuerte, se dejaba oír. Que la piedra sonase realmente, nadie lo pone en duda, aunque en la actualidad esté muda como cualquier otra piedra. Estrabón fue el primero en afirmarlo, al oír aquel extraño crepitar en compañía de Helio Galo, que era gobernador de Egipto, aunque no pudiese aclarar si aquella vibración partía del pedestal o de la propia estatua. Juvenal, que casi un siglo después fue exiliado al alto curso del Nilo, también lo oyó, y lo mismo Plinio habló de aquel prodigio. Si bien a los egipcios el hecho les pareció maravilloso, se trataba sin embargo de un hecho muy sencillo que fue explicado más tarde. La estatua parlante, como se le llamaba y que parece representar a un Faraón de la primera dinastía, a consecuencia de un terremoto se había resquebrajado a la altura del vientre, mientras que su compañera resistió el formidable temblor. A partir de entonces comenzó a hacer ruido. La naturaleza de la roca, formada por materiales heterogéneos mantenidos juntos por un conglomerado silíceo muy duro, era tal que con las variaciones de temperatura crepitaba. Ahora bien, esa oscilación, no tenía lugar más que al salir el sol, después de las noches tan frescas que se dan en aquel clima y unos momentos después de la puesta del sol. Por eso durante el día o la noche la estatua no producía ningún ruido. Cuando Septimio Severo, tal vez por superstición o bien por honrar a Memnón, hijo de la Aurora, según las antiguas leyendas egipcias, hizo restaurar el coloso con cinco enormes piezas de mármol de gres, que se ven todavía, porque aquellas dos estatuas han resistido al igual que unas pocas pirámides la erosión del tiempo, la voz cesó de golpe. Aquellas masas fueron una tumba; la vibración desapareció y Memnón, con gran disgusto de los egipcios ya no habló más. Por otra parte, los Faraones ya habían dejado de existir y no les era posible imponerles que se hicieran oír.
Ounis y Mirinri, no descubriendo a nadie en torno a los dos colosos, se aproximaron rápidamente, mientras el cielo comenzaba a tomar, hacia levante, un ligero tinte rosáceo que indicaba la inminente aparición del sol.