España Trágica by Benito Pérez Galdós — Read

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En el curso de Abril, entre Semana de Pasión y Pascua florida, floreció la amistad de Halconero con Pilarita Calpena, hasta llegar al noviazgo consentido por los padres, o sea los amores en su expresión más correcta y fría, como un negociado más de la oficina social. Con agrado, ya que no con ardor, fue entrando Vicente en este género de relaciones, sometidas a un estrecho formulismo y a melindrosas etiquetas. A los pocos días de verse en aquella blanda esclavitud, que pictóricamente se expresaría con los tonos rosado y gris perla, pudo el galán penetrar en el alma de la señorita; creyó ver en ella un fondo moral de gran solidez, y al propio tiempo cierta malicia inocente, no incompatible sin duda con el fondo moral, pero que desconcertaba la pareja.

Pilar había tenido ya dos novios o pretendientes, relaciones fugaces, domésticas y de escasa formalidad; pero que fueron parte a que la damisela se adestrara en las artes del diálogo amoroso para novios honestos, en el cambio de insípidas esquelas, y más que nada, en las perfidias coquetiles, que, aun en estado embrionario, esconden algo de veneno. De estos amores zangolotinos no quedó otra huella que las artimañas de Pilar, sus desconfianzas, sus exigencias, celos a cada instante y por liviana causa, afán de interrogar, de inquirir, el romper hoy para reanudar mañana, y otros menudos y enfadosos alfilerazos. No era así Fernanda, mujer de extraordinaria grandeza, que daba o negaba su corazón todo entero, y cuando le deparaba su destino agravios que reprimir, entuertos de amor que enderezar, no tomaba sus armas de los acericos, sino de las panoplias.

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