Explore "Dimitas Arias" by Tomás Carrasquilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
El Tullido, engolosinado con la mucha atención que le prestaba el sacerdote, prosiguió el relato, que por vía de prontitud y claridad, terminaremos de nuestra cuenta y cosecha.
Cuando el padre Ignacio, protector declarado de Dimas, persuadióse de que éste era un inválido, se dio a entender que era preciso inventar algo para libertarlo del hambre. Desde luégo, se le ocurrió hacer de él un maestro-escuela. Viérase entonces al buen sacerdote tomar soleta todas las tardes, lloviera que tronara, en dirección de El Sapero, a cas de Vicenta; viéraslo haciendo el pedagogo con un discípulo que en su vida había agarrado cartilla, ni tenido noticia cierta del uso de la tinta, y a quien impedían estudiar los dolores del cuerpo y las tristezas del espíritu. Entre pizarra y catón, entre papel y citolegia se fueron endilgando aquellos cursos, y hoy deletreo, mañana junto sílabas; ora palotes, ya signos, día llegó en que Dimas era hombre de escribir -con lirismo ortográfico, se entiende-, cuando se le dictase y de lanzarse él solo en una lectura tan de recorrida, que ni punto final, ni el interrogante más pintado, eran parte a detenerlo, ni a que cambiara en un ápice siquiera aquel tonillo piadoso de novena que tomó desde el comienzo, y que lo mismo para él que para el Cura era lo supremo del arte. Y a tanto alcanzó en esto de lectura, que, en voz alta y acentuando cada vez más el estilo, se apechugó todo el Arco Iris de Paz y toda La Familia Regulada. Oyéndole estos primores, pasaba el padre Ignacio las horas muertas, y le chorreaba cada baba que ni parvulillo en dentición.