Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando transcurrido mes y medio, a contar desde la muerte de Susana, se convenció Fernando de que su mujer no le hablaba de intereses, comenzó a dar señales de disgusto. En presencia de visitas y gentes extrañas, repetía cuantas vulgaridades y chistes se han inventado con las suegras, y a solas con Plácida aludía abiertamente a la herencia; todo lo cual sufría ella sin protesta, juzgándolo soportable mientras no pretendiese tomar las riendas de la casa. Su propósito era seguir, como hasta allí, haciendo frente a cuantas necesidades surgiesen, pronta a reconocer humildísimamente la jefatura de su marido si variaba de conducta, pero también resuelta a velar por los intereses de su hijo.
Los arrendadores y colonos de las tierras, acostumbrados a pagar a Susana en presencia de su hija, satisficieron a ésta un plazo vencido de las rentas. Don Manolito cobró y le hizo entrega del importe de un cupón corriente. Ella se entendía con el casero y los dueños de las tiendas donde se proveía, daba a la cocinera para los gastos de la compra diaria y, en suma, pagaba cuanto era preciso. De cuando en cuando venían gentes a presentar cuentas que Fernando tenía pendientes: el sastre, el camisero, el hombre que le vendía los tabacos; hasta fue a buscarle una chula florera que en los teatros surtía de camelias y varas de nardos a Luisa la Rubia. Plácida le pagó también sin ostensible señal de enojo.