El cura de vericueto by Leopoldo Alas — Read

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En lo más alto de aquella montaña, camino de cuya cumbre, y no muy lejos, estaba la iglesia y rectoral de Vericueto, mas otras muchas casas y chozas de la parroquia, había, según ya se ha dicho, un enorme berrueco, o sea peñón ingente que, no sé si se dijo también, amenazaba desplomarse sobre aquellas frágiles moradas y hacerlas polvo. Esto de la amenaza no es retórica, sino la pura verdad; porque, según pude ver por mis ojos aquel día que visité al cura Celorio, la tal peña, grandísima y formidable, estaba como por milagro sostenida en la altura, y el instinto de las leyes del equilibrio que a nuestro modo, y por observación, tenemos todos, le decía a cualquiera que la mole granítica o lo que fuese (granítica no sería, pero ya pesaba sus miles de quintales) no debía de poder mantenerse mucho tiempo, si caigo o no caigo, y tenía que caer por fuerza el día menos pensado. Poco a poco ya se había venido inclinando, y si había grandes tormentas, cuando las aguas arañando la tierra rodaban con gran fragor de lo más pino y eminente, la fiera de la altura se sacudía un poco, rompiendo algunos eslabones de la cadena que la sujetaba todavía; ello era, sin metáforas, que el agua y el viento trabajaban como en una mina, en el asiento secular de aquella mole, y cada vez era mayor el peligro de que le faltase punto de apoyo y se dejara caer al valle rodando, de seguro, pues no había otro en camino, sobre la rectoral de Vericueto, su iglesia y el lugarejo que las rodeaba. Y si el berrueco se desplomaba no podía quedar piedra sobre piedra, ni bicho viviente en todos aquellos edificios que tenían existencia tan precaria con amenaza tan fiera.

La industria de aquellos pobres montañeses ya de muy atrás había procurado impedir, o por lo menos dilatar, la catástrofe; y aunque parezca mentira es verdad que con cuerda, con débiles cuerdas, puntales, ramaje entrelazado, especies de trincheras y otras fábricas no más seguras, los vecinos de Vericueto habían puesto como dique al diluvio de piedra que los amenazaba; y tenían como obligación inmemorial el renovar de tarde en tarde la complicada máquina de su pobre defensa.

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