Explore "A los Sacerdotes de la Arquidiócesis" by Jorge Mario Bergoglio on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dentro de algunas semanas comenzará el tiempo de Adviento: este año será el inicio litúrgico hacia el Jubileo. El deseo de dejarnos visitar por el Señor en su venida adquiere una fuerza singular a la luz de este acontecimiento. En Navidad se abrirá la Puerta Santa y, previendo ya este gesto, resuena en mi corazón la tan repetida invitación del Papa: "Abran las puertas al Redentor" (Aperite portas, nº 1), "Abran la puerta a Cristo" (Redemptoris Missio, nn. 3,39). Así nos tiene que encontrar el Nacimiento del Señor, "como hombres que esperan a que su Señor venga. para que al instante le abran" (Lc 13, 36). Esta carta que les escribo a ustedes nace del deseo de exhortarlos, como pastor y hermano, a que le abran las puertas al Señor: la puerta del corazón, las puertas de la mente, las puertas de nuestras Iglesias. todas las puertas. Abrir las puertas es tarea cristiana, tarea sacerdotal.
Así lo hizo Jesús, lo leemos en el Evangelio. Al comienzo de su misión, se presenta "abriendo el libro del profeta Isaías. " (Lc 4, 17); y también así termina el libro del Apocalipsis: como el Cordero degollado, como el León de Judá, "el único digno de abrir el libro y soltar sus sellos" (Apoc 5, 2.9). Jesús resucitado es el que "abre las inteligencias" de los discípulos de Emaús "para que comprendan las Escrituras" (Lc 24, 45) y les hace recordar: "¿No ardía acaso nuestro corazón cuando nos abría las Escrituras? " (Lc 24, 32). En orden a esta apertura a la Palabra se dirigen muchos milagros: "Jesús tocó los ojos de los dos ciegos y se abrieron sus ojos" (Mt 9, 30); "Dijo al sordomudo ‘Effeta', que quiere decir ábrete, y se abrieron sus oídos" (Mc 7, 34). Cuando Jesús "abre la boca" es el Reino de los Cielos el que se abre en las Parábolas: "Y abriendo la boca, Jesús les enseñaba" (Mt 5, 2); "abriré mi boca en parábolas" (Mt 13, 35). Cuando Jesús se humilla y se bautiza, cuando se pone en oración (Lc 3, 21) se abre el cielo y resuena la voz amorosa del Padre: "Éste es mi Hijo, el predilecto" (Mt 3, 16). Y es el mismo Señor quien nos exhorta: "Llamen y se les abrirá" (Lc 11, 9), y la Iglesia suplica "para que Dios nos abra una puerta a su Palabra" (Col 4, 3), porque "si Él abre, nadie puede cerrar" (Apoc 3, 7). La invitación clara y definitiva que concentra de manera enteramente personal todos los gestos de apertura del Señor es aquélla de la carta a Laodicea: "Si alguno me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Apoc 3, 20).