La isla del tesoro by Robert Louis Stevenson

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DEBIDO á la gran inclinación en que había quedado la goleta, los mástiles se veían suspensos en gran parte encima del agua; así es que, desde mi asiento en el bao de las gavias, yo no veía debajo de mí sino la superficie de la bahía. Hands, que todavía no iba tan alto, estaba, en consecuencia, más cerca del buque, y su caída se efectuó pasando su cuerpo entre mí y la balaustra. Por una vez le ví alzarse á flor de agua en una mezcla de espuma y sangre y luego se hundió de nuevo para no reaparecer más á flote. Tan luego como el agua se serenó pude verle tendido sobre la limpia y brillante arena del fondo, y como protegido por la sombra que los costados del buque arrojaban sobre el agua. Uno ó dos peces azotaron su cuerpo al paso. Una vez ú otra con el ondear del agua parecía como si se moviera un poco, como si estuviese tratando de levantarse. Pero bien muerto estaba para tales maniobras, habiéndole herido una de mis balas y ahogádose en seguida, por lo cual en poco tiempo ya no fué sino alimento de peces en el mismo sitio en que había meditado acabar conmigo.

No bien estuve seguro de esto cuando comencé á sentirme enfermo, desfallecido, terrificado. Mi sangre caliente corría copiosamente sobre el pecho y la espalda. En el lugar en que la daga me había clavado al mástil, la sentía yo arder como si fuera un hierro candente. Y sin embargo, por grande que fuese ese sufrimiento no era él lo que más me acongojaba, pareciéndome que podría muy bien sufrirlo sin quejarme: lo que me enloquecía era el horror que me inspiraba la idea de que podía de un momento á otro desprenderme del bao y caer en el agua, todavía mal sosegada, junto al cadáver del timonel.

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