Chamijo by Roberto Jorge Payró — Read

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Chamijo salió del encierro, pudo ir y venir dentro del presidio, preparando la operación, y el alcaide le dio un par de hombres como ayudantes. De la parte más próxima a las raíces de un grueso tronco de haya hizo Bohórquez sacar un cilindro de tres varas de largo, y empezó a perforarlo con hierros calentados al rojo, para obtener el ánima del futuro cañón, tarea que no confiaba a nadie, y que exigía mucho cuidado y larga paciencia. El alcalde pasaba buenos ratos con él, siguiendo curiosamente lo que hacía, y conversando, si estaban solos, sobre su grande empresa. El aventurero aprovechó las buenas disposiciones del alcaide para alargar poco a poco el radio de los paseos que hacía en las horas de descanso, y no tardó en andar por los alrededores con tanta libertad como el menos sujeto de los habitantes de Valdivia, aunque jamás dejara de volver al fuerte antes de que cayera la noche.

Y en una de sus andanzas tuvo el más inesperado e inverosímil de los encuentros, que fue, también, providencial. Carmen, la linda chola, envejecida y desmejorada, flaca y pobre, estaba desde tiempo atrás en Valdivia. A raíz del ruidoso escándalo que provocó en Lima, al ser sorprendida por el oidor en íntimo coloquio con un galán de rompe y rasga que, tras de robarle la prenda, sacó al venerable magistrado a cintarazos de su propia casa, el virrey don Jerónimo de Cabrera, marqués de Chinchón, había metido al mozo en la cárcel y enviado secretamente a la moza a que meditara y se arrepintiera de sus pecados en el presidio de Valdivia, donde por únicos adoradores podría tener a los soldados de la guarnición.

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