El falso inca by Roberto Jorge Payró — Read

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El único que no dormía en el campo de los conquistadores, aunque tampoco hiciese el menor ruido, era el padre Torreblanca. Recorría los valles, so pretexto de mansa evangelización, observando y escudriñándolo todo, y como si esto no bastara, muchas gentes astutas y hábiles estaban por él encargadas de informarlo. Servíase -como lo confiesa otro sacerdote, aunque no de la misma orden- «de algunas indias viejecitas, buenas cristianas y españolizantes, que todos los días y con diversos pretextos, repartíanse en varios rumbos, sin dar sospechas -porque son muy finas y solapadas, con perfecto disimulo saben introducirse donde quiera como seres invisibles, y penetran los más ocultos secretos». Los otros jesuitas coadyuvaban a la acción del padre Torreblanca. Por indicación de éste, y después de una excursión informativa, el padre Eugenio de Sancho escribió al gobernador Mercado y Villacorta, poniéndolo sobre aviso, desde el pueblo de Santa María de los Ángeles, en el valle de Jocavil. La carta, fechada el 13 de abril de 1657 -diez meses después de la secreta entrevista de Bohórquez con el gobernador-, comunicaba a éste, que «el general» (que así también comenzaba a llamarse al aventurero) había llegado casi en brazos de los curacas que, al saber su presencia en Choromoro, corrieron desolados en su busca. De Choromoro -continuaba el fraile-, «con alborozos y regocijos extraordinarios, le condujeron al pueblo de Tolombón, y de allí a los demás pueblos del valle, festejándolo y aclamando su llegada, como lo hubieran hecho con uno de sus antiguos Incas, cuya sangre reconocían en él».

No dejó de alarmarse Mercado, pues la carta, aunque circunspecta, iba encaminada a ello, y envió un emisario a Bohórquez, llamándolo a su presencia. Como de costumbre, Carmen acudió solícita, con sus mejores galas y más eficaz hechizo. Y el estribillo se repitió:

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