Explore "Los anticuarios" by Carmen de Burgos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Adelina se dirigió sola con un criado al convento. Conocía bien lo que era preciso hacer y estaba segura de sacar más partido que yendo acompañada, y con el trabajo de tener que enmendar las faltas de su marido, que escandalizaban a las monjitas.
Repiqueteó el aldabón sobre la puerta claveteada, abierta en aquella tapia gris, y acudió el portero, recadero y hortelano a un tiempo mismo. Era un hombrecillo saturado de cera pajiza, de pavesa, de pabilo de lamparillas, porque tenía el aspecto de un cirio con chorreones, con aquel color desigual, terroso en las mejillas y rojizo en la nariz, y la figura débil y achaparrada.