Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
El imperio fluctuaba entre la confianza, el temor y la duda; todos los peruanos deseaban ver y admirar a los nuevos hijos del Sol, venidos del Oriente, pero un terror inexplicable los contenía dentro de los muros de Cajamalca, y no osaban llegar hasta el campo de sus huéspedes. Ya la noche había tendido su negro manto, cuando los invasores ocuparon las tiendas, y los habitantes de aquella populosa ciudad no pudieron saciar el ansia de ver ni de distinguir a los hombres que suponían de la jerarquía de los Dioses. Pero el nuevo sol empezó a esclarecer el horizonte, y las almenas y las alturas de la ciudad aparecieron cubiertas de un inmenso pueblo que fijaba asombrado sus miradas en el campo de los venidos del Oriente.
Fácil hubiera sido a Pizarro conseguir del Inca entrar en la ciudad y apoderarse de su palacio, pero le pareció mas político no exigir tal sacrificio, porque debía preferir batirse en campo descubierto, por la ventaja que le daba su caballería y artillería, que meterse en un pueblo que desconocía, donde no pudiera obrar con tanto desembarazo. Para llevar adelante sus ocultos proyectos, en aquella misma mañana despachó a Almagro, con una lucida comitiva, a que fuesen a felicitar al Inca, asegurarle de nuevo sus disposiciones pacíficas, y a suplicarle una entrevista a fin de explicarle con más extensión el objeto que traía a los hijos del Sol a su país. Su comisión fue recibida con todas las atenciones de la hospitalidad que los peruanos pudiesen emplear con mejores amigos. Atahulpa abrazó a Almagro, lo recibió con las más tiernas expresiones, y le hizo servir la mesa por príncipes de su sangre; pero no disimuló el deseo que tenía de que los españoles saliesen de su país; y para arreglarlo todo le prometió que visitaría a Pizarro en la mañana siguiente.