La conquista del Perú

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Dejaremos a la penetración de nuestros lectores las melancólicas consideraciones de la situación política y religiosa del Nuevo Mundo en los tiempos primitivos de la conquista, y volveremos a anudar los sucesos de nuestra historia.

Pizarro en las comunicaciones que recibió de la corte, halló lisonjeado su orgullo, y su autoridad ilimitada; pero el nuevo poder del gobernador no le desnudaba del carácter de bizarro caballero, y de desdeñado amante: Ocollo, era su amor y su tormento, y expiraban las treguas, y había de volar al campo del honor a batirse con Almagro. Luque había recibido también la confirmación de su carácter de vicario general del imperio, y su alma tenía demasiados puntos de contacto con la de Pizarro para que no los uniese una estrecha amistad, y una completa y mutua confianza; y no perdonaba medios de cuantos estaban a su alcance para evitar que de nuevo tornase al duelo. Conocía muy bien el valor y la fortaleza de Pizarro, pero tampoco se le ocultaba que Almagro era valiente, y demasiado experto en el manejo de las armas, y Luque se estremecía al solo considerar que Pizarro pudiese ser vencido. Pero difícil empresa acometía; en vano hablara a los dos guerreros en nombre del cielo; Pizarro no conocía otro término que ser amado de Ocollo, o arrebatarla su honestidad, y arrastrarla a las hogueras; y Almagro había protestado ante su Dios que no vería atropellada la virtud y la inocencia.

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