Explore "La de los Tristes Destinos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La marmolería de Camus, donde se instalaron los prófugos, estaba en el arrabal de Sainte Marie, separado de la villa de Olorón por la torrentera de Aspe, que baja del Pirineo metiendo ruido y levantando espumas. El sitio era ameno; dábanle mayor encanto las casas risueñas y ajardinadas, las verdes campiñas próximas y el panorama espléndido de la cordillera, imponente muro entre Francia y España. La serrería de mármoles, cuya restauración industrial emprendió Bidache hijo sin demora, ofrecía campo de actividad al buen Ibero, y este no dejó de ver en ella, desde los primeros instantes, una granjería provechosa para el porvenir. Pero no bien cumplida una semana de vivir Teresa y su amado en aquel apacible refugio, se apareció de nuevo el impetuoso Chaves, que, como serpiente del Paraíso, siguió tentando con promesas de gloria y otros halagos al fogoso Iberito. Y para reforzar su dialéctica, llevó una tarde a Silvestre Quirós, el amigo y paisano de Santiago. Aunque Silvestre había salido de España con los galones de sargento primero, en el ancho campo de la emigración era considerado ya como teniente o capitán (no se sabe con certeza), y se le daba el mando de una compañía mixta de contrabandistas y carabineros.
Resistía Santiago heroicamente la sugestión guerrera y patriótica de sus amigos, no porque dejara de prender en su alma el fuego que aquellos locos le transmitían arrojándole conceptos incendiarios, sino porque, firme en el amor de Teresa, pensaba que esta había de padecer cruelmente viéndole correr en pos del fantasma revolucionario. La separación, además, habría de ser para entrambos amarguísima. Hallándose, pues, una noche en estas luchas de su mente arrebatada y de su corazón amante, retirados ya los dos en su aposento después de cenar, sobrevinieron estos memorables razonamientos que hizo Teresa con elevado y generoso espíritu: