Un siglo en un minuto by Antonio de Trueba

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Ochanda de Anuncibay era a la edad de diez y seis años la doncella más hermosa, delicada y pura de peñas abajo. Los que habéis bajado a Bilbao por las amenas márgenes del Nervión, que es aquel riachuelo que atravesásteis en la vega de Orduña y luego iba creciendo, creciendo a vuestro lado hasta que la mar salió a su encuentro siete leguas más abajo y le escondió en su resalado seno, ¿no recordáis haber visto a la derecha de Areta, casi en la confluencia del Arnáuri (que baja del valle de Orozco) con el Nervión, una torre solariega que tiene al lado una ferrería, un molino y una ermita? Pues aquella es la torre de Anuncibay, sólo que no es la misma que cobijó la niñez de Ochanda. Aquella torre con pretensiones de palacio es relativamente moderna y se edificó en el solar de otra muy vieja, muy fuerte y muy sombría, que era la que cobijó la niñez de Ochanda.

Al cumplir los diez y seis años Ochanda de Anuncibay lo más que se había alejado del solar paterno era para ir, velada la faz y acompañada de su madre doña Estíbaliz, una dueña y un criado viejo, a oír misa en la iglesia monasterial de San Pedro de Lamuza (que es la de Llodio), a la que la piadosa doña Estíbaliz tenía mucha devoción por haberla consagrado, al comenzar el siglo XI, el obispo de Calahorra D. Pedro Nazar, usurpador según unos, y heredero legítimo según otros, de la santa sede episcopal de Armentia.

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