Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Cuando se disiparon las tinieblas para dejar paso a la aurora, y el refulgente carro del Sol iluminó la naturaleza, vimos llegar a un compañero de los ladrones, según pude conocer por la afectuosa acogida que se le dispensó. Sentose al portal de la cueva, tomó aliento (pues llegaba jadeante), y comunicó a toda la cuadrilla las siguientes noticias: »En cuanto al domicilio de Milon, este ciudadano de Hipatia que hemos saqueado últimamente, podemos ahorrar la inquietud, y vivir tranquilos. Kn efecto, una vez os hubisteis apoderado de nuestra presa y cargasteis valientemente con todo el botín, yo, afectando la sorpresa y la indignación que sentía todo el mundo, me uní a los grupos que formaba la gente. Quise saber de qué modo intentaban aclarar el suceso, si se decidirían a perseguir a los bandidos y hasta qué punto extremarían sus pesquisas. Mi objeto era teneros al corriente de todo, según me habíais ordenado. Indicios fehacientes, con gran aspecto de probabilidad, hacían converger las unánimes sospechas de la gente, sobre un individuo llamado Lucio, y le acusaban como autor manifiesto del atrevido golpe. Decíase que pocos días antes, mediante falsas cartas de recomendación, se había captado las más vivas simpatías de Milon, engañado por las trazas de tan honrado ciudadano; que se había alojado en la casa y era tratado como amigo íntimo; que pasó allí varios días, y que, enamorado de la criada, a la que fingió eterno amor, había examinado minuciosamente todos los cerrojos y tenía hecho exacto inventario de los escondites donde Milon acostumbraba guardar sus tesoros.

Otro indicio evidente de su culpabilidad: la misma noche del robo, en el preciso instante, escapó de la casa y nada se ha sabido de él. Se ha notado también, que para huir más rápidamente y evitar a sus perseguidores llevándoles gran ventaja, se procuró todas las facilidades, para lo cual llevó consigo un caballo blanco que le servía de cabalgadura. Además, añadió, el criado del tal Lucio fue hallado en la casa y esperando que revelaría los criminales propósitos de su amo, fue encarcelado por mandato del juez. Al día siguiente fue sometido a larga tortura, y fue mutilado hasta dejarle casi muerto, sin que confesase nada que diera luz alguna. Han sido enviados muchos emisarios al pueblo de Lucio para capturarlo y entregarlo a la justicia. Durante el discurso del bandido, la comparación que yo estaba haciendo entre mi primitivo estado y mi infortunio actual, entre los tiempos en que era un feliz y jovial Lucio y mi condición presente de borrico, arrancábame los más profundos suspiros. No es una ficción quimérica, no, decía para mis adentros, la alegoría con que los antiguos moralistas representaban a la Fortuna ciega. Siempre protege a los malos y a los indignos; nunca sabe elegir juiciosamente. Por el contrario, siempre otorga su gracia a quien menos debía dársela si tuviese buena vista. Y lo más escandaloso es que reparte la fama al azar y casi siempre absurdamente. Un redomado pillo disfruta gloriosamente de una reputación de probidad, y un inocente es difamado por los mismos culpables.

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