Ricardo by Emilio Castelar

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Era la mañana del deseado día en que Carolina iba a ver al padre de Elena para formalizar y concluir la boda. Ricardo no había podido dormir en toda la noche. El paso de un estado a otro estado de la vida llenaba su alma de pensamientos graves, y movía su voluntad a firmes propósitos de allegar una ventura sin limites, robustecida por la práctica continua de las más excelentes virtudes. Ya se veía en su casa, tranquila y solemne como un templo; con su mujer amorosa y virtuosísima, como madre de familia; rodeado de sus hijuelos, bellos cual los ángeles; consiguiendo el alivio a las penas de su madre con la compañía de la recién llegada hija, y con el advenimiento de sus queridos netezuelos; dedicado después de cumplir todos sus deberes domésticos, a curar al enfermo, a socorrer al pobre, a consolar al afligido, a difundir por todas partes, como el sol del empíreo, los rayos de su lumbre, la felicidad en que vivía su alma.

Esta vida nuestra tiene tales condiciones que solamente ve la felicidad en los celajes engañosos de la esperanza. Los bienes más preciados y más apreciables, como el respirar fácilmente, el vivir en plena salud, el tener lozana mocedad, apenas se comprenden y se estiman, sino cuando flaquean o se pierden. Al llegar a la madurez de nuestra vida, en los días cercanos a la ancianidad, cuando volvemos los ojos a una infancia consumida en juegos inútiles, y a una juventud disipada en ilusiones y esperanzas sin realización posible sobre la tierra, nos dolemos y decimos tristemente, que si volviéramos a comenzar la vida, a tener el goce de todas sus delicias, la emplearíamos mejor, cuando, de seguro, si tal renacimiento pudiese verificarse, caeríamos en los mismos errores, y nos disiparíamos en las mismas pasiones que ahora lamentamos.

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