Read "Ricardo" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Mientras Carolina y Antonio se veían tras tanto tiempo y experimentaban con esta entrevista nuevas desgracias en su propia vida y en la vida de sus hijos, sonreían éstos como si instintivamente su dicha se reanimara sobre su ocaso. La estancia, donde estaban, era una espaciosa galería sobre el jardín, adornada de estatuas y de cuadros, con cortinajes de aromáticas flores, con cascadas de cristalina agua y sobre cuyos extremos saltaban y gorjeaban en pajareras de alambres doradas innumerables avecillas. Los condes de la Floresta y su tío el marqués se habían ido a un extremo de la galería para aguardar el momento en que Antonio iba a presentarles a Carolina, mientras los novios, al otro extremo, se entregaban a las ilusiones propias de su pasión. Todo sonreía en aquel sitio, sin que cayera una sombra de la tristeza de muerte, cuyas espesas nubes a más andar avanzaban. El sol, penetrando entre las ramas, trazaba caprichosos arabescos de luz y de sombras; el cielo, que a través de los enverjados y las enramadas se alcanzaba, lucía con ese color celeste claro que parece templado por una ligera gasa blanca; la obras de arte resplandecían con mágicos resplandores en el éter; el gorjeo de las avecillas se acordaba con la esencias de las flores; y el matrimonio felicísimo que formaban los condes de la Floresta, y la alegría inagotable del viejo marqués, y los arrullos de los novios próximos a una completa dicha añadían el regocijo moral a las rientes fiestas de la Naturaleza.
¡Cómo las miradas de los novios, de aquellos dos seres felices se juntaban y confundían en el éxtasis de una mutua contemplación, la cual podría prolongarse por toda una eternidad, sin que viniera de ninguna suerte a herirla el mal mezclado naturalmente a toda dicha: la insensibilidad, la indiferencia, el hastío! ¡Cuántas palabras que gorjeaban como las aves en primavera, que lucían como el alba en los horizontes de la noche, que llevaban en su seno nuevos mundos como la esperanza, que tenían la ceguera misteriosa de la inspiración y de la fe! ¡Qué mezcla de niñerías y de grandezas! Sobre un descuido de lenguaje, sobre una distracción pasajera, sobre una mirada errante, alzábase el relampagueo de los celos, que bien pronto se desvanecía en la celeste serenidad de una mutua confianza. Todo lo que fuera de ellos sucedía relacionábanlo consigo mismo, como si el Universo entero no fuese más que una expresión de sus amorosos pensamientos. Si habéis visto un arbusto cargado de las primeras flores, llenas de aroma y de miel; empapado en el matinal rocío, por cuyas gotas tiemblan los matices de la luz; circuido de mariposas y de abejas; habéis visto aquellas dos almas en este momento supremo en que se abrían a todas las esperanzas posibles e ignoraban su irremediable desgracia. Así es que, con la monotonía natural a conversaciones de este género, hablaron de lo existente y lo posible, de lo creado y lo increado.