Explore "Prim" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Carlos Rubio, tuerto y picado de viruelas, vestido como un pordiosero, era el contraste más rudo que puede imaginarse entre una facha y una inteligencia. Diógenes no parecía su maestro, sino su discípulo. Aborrecía el agua tanto como adoraba los ideales de Libertad y Justicia. Los que no conocían de él más que su prosa brillante, un poco lírica y sentimental, le habrían dado en la calle un ochavo moruno, si el lo pidiera. Así como otros pregonan con la efigie su importancia, a veces su talento, él no pregonaba más que su extremada modestia. ¿Y qué mejor pregón de patriotismo que aquel pergenio de mendicidad? ¡Pobre Carlos Rubio! Jamás existió quien tan desinteresadamente trabajase por el bien de su patria, a la que no pedía más que un pedazo de pan para comer y un trapo de desecho para cubrir sus carnes. Si España necesitaba de él servicios patrióticos en determinado momento de su historia, y él los prestaba, ¡cuán baratos le salían! Envuelto en su miseria como en una toga, era digno, altanero, incorruptible.
Según dijo Leal a su compañera, con el anuncio de la llegada del General los militares comprometidos se mostraban más animosos, y los mismos guindillas hacían la vista gorda: también ellos, los pobres, se plantaban a verlas venir. Supo además Teresa que todos los Cuerpos de Infantería estaban en el ajo: eran Burgos, Borbón, San Fernando y Extremadura. Los coroneles Alemani, Rada, Crespo y Acosta se crecerían, alentados por la efectiva presencia del invicto Prim. La Caballería se agregaba al movimiento; la Artillería repugnaba pronunciarse, pero saldría de Valencia, que era como dar un mudo consentimiento.