Cartas a un amigo by Esteban Echeverría — Read

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Asisto al paseo público diariamente sin salir de casa. Llega la tarde, me siento en mi ventana, y veo pasar a los curiosos, a los afligidos, a los enamorados o a los que la vanidad del lujo trae a la Alameda. De toda esta multitud de gentes que se reúnen por diversos motivos en un mismo sitio, los vanos me parecen los menos disculpables.

El curioso viene por satisfacer un instinto casi natural; el afligido porque se imagina que la diversidad de objetos, el ruido que hacen los que van y vienen, podrán aliviar el peso de su corazón, y el enamorado por buscar el alimento exquisito de la pasión que lo domina, pero el vano es arrastrado por una inclinación baja y pueril, por el innoble deseo de saciar su mezquina ambición con las miradas, las críticas o los elogios de los tontos a quienes su ostentación deslumbra. A las mujeres se les puede tolerar esta pequeña extravagancia anexa a la debilidad de su sexo, porque en cambio poseen las gracias, la belleza y ese deslumbrante atractivo, gloria y tormento de nuestros corazones. Pero a los hombres, no, porque el hombre nació para más alto fin, para pensamientos más nobles y elevados. Hay otra clase de seres, mofa o irrisión de la especie humana que frecuentan mucho los paseos públicos y en general todas las reuniones donde pueden introducirse; éstos son los pisaverdes o paquetes como aquí les llaman. Su ocupación es mirarse y remirarse, tocarse y retocarse; caminar a compás como en la danza, andar siempre a la moda y hacer centro del mundo su cerebro microscópico A esta alameda asisten algunos; pero excuso hablarte de ellos porque Buffon, creo, trata largamente de esta clase en el capítulo micos. Me acuerdo que ayer vi uno de estos entes perseguir con sus miradas y ademanes una señorita bella e interesante por su exterior modesto, quien visiblemente se fastidiaba de sus atenciones. ¡Pobres hombres!

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