Cartas a un amigo by Esteban Echeverría — Read

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Mis relaciones en este pueblo son aún muy escasas; la mayor parte de mis antiguos condiscípulos se han desparramado: he encontrado algunos, pero todos tan infatuados de presunción y de saber, que no me han quedado ganas de volverlos a ver. Tú sabes que no tengo pariente ninguno cercano; así es que paso una vida abstraída y solitaria en medio del bullicio de los hombres. Además, he sido tan desgraciado en mis primeras amistades que no apetezco adquirir otras por no chasquearme de nuevo.

Una señora muy respetable, antigua amiga de mi madre y que me profesa un cariño sincero, se ha empeñado en llevarme a algunas casas y en hacerme asistir a algunas tertulias; pero yo lo he rehusado siempre, dando por excusa el estado enfermizo de mi salud y mi poco gusto por esa clase de pasatiempos. Ella ha insistido tanto que al fin ha sido necesario ceder, y la he prometido acompañarla a una tertulia que tiene lugar una vez por semana en casa de una amiga suya. Allí iré más bien como espectador que como actor. ¿Qué placer podré yo encontrar en sitios donde reinan el regocijo y la alegría? Los corazones tristes y enfermos no se abren fácilmente al contento. El que sufre entre los felices, es un ser heterogéneo y sin atractivo. Además lo que halaga generalmente a los otros es indiferente para mí. Ya se me acabó aquella pasión por el baile y las reuniones tumultuosas que me lisonjeaba en otros tiempos. El único de mis gustos favoritos que me ha quedado, es el de la música y el canto: siempre hallo delicia en escuchar los sones armoniosos de un instrumento o los ecos melancólicos y tiernos del corazón. El infortunio ha levantado una barrera inmensa entre el mío y las distracciones mundanas. Ya me empalagan esos manjares insustanciales e insípidos que busca la juventud anhelante. Mi ánimo necesita ahora otros alicientes para conmoverse: siento que algo me falta: pero no acierto a adivinar lo que es. La sed me devora pero no sé adónde ir a apagarla. Una fiebre continua me agita y saca por momentos de quicio mi razón. Mi estado es el de un volcán que no necesita sino un débil impulso para lanzar las materias inflamadas que fermentan en su seno.

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