Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Acabaron las palabras de dolor, acabó el llanto, acabó el gemir de los pechos; quedó agotada la humana expresión de los afectos tristes y la atonía fue poniendo a todos su inexpresiva carátula de hielo. Don Adrián no quiso acostarse; Rosario no se apartó del lecho mortuorio, y allí asistió al tocado postrero de aquella preciosa estatua. No quiero deciros quién le llevó a cabo. Hay en casos tales, como entonces las hubo, manos cristianamente oficiosas que se encargaron del doloroso ministerio, y el perfume del agua de Colonia se elevó sobre las ropas blancas del cadáver, como propia emanación del evaporado aroma de su ser interno. Una trenza dorada cayó de la hermosa cabeza, cortada a cercén; era la presea que daba la vida a la muerte.

Aquellas mismas manos que amortajaron a Cristeta, teniendo aún en los pulpejos de sus dedos el frío del sueño eterno, prestaron auxilio a Rosario, que yacía como muerta en una butaca. Al sentirse tocada volvió en sí, dio un suspiro, y el lloro arrojó sus últimas gotas de lágrimas de los enrojecidos ojos que la escocían, calcinados por el hervir de su dolor.

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