Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Salió Don Juan de Austria de Madrid para embarcarse en Barcelona el miércoles 6 de junio de 1571, a las tres de la tarde. Acompañábanle solamente su caballerizo mayor, don Luis de Córdoba; don Juan de Guzmán, gentilhombre; el secretario, Juan de Soto; el ayuda de cámara, Jorge de Lima; un comprador, un cocinero, dos don Juanillos, o mozos de pasatiempo; dos correos, un guía y tres criados, que formaban un total de quince caballos. El resto de su acompañamiento y servidumbre habíalo dividido en dos grupos, uno que le precedía con su mayordomo mayor, el conde de Priego al frente, y otro que le seguía, presidido por el sumiller de Corp, don Rodrigo de Benavides. Habíalo dispuesto así Don Juan para salir de la corte más inadvertido y evitar las manifestaciones de amor y entusiasmo de los madrileños, que harto conocía él no ser del agrado de determinados personajes. Fue, sin embargo, inútil su prudencia, porque advertido el pueblo de su marcha comenzó a rondar desde por la mañana la plazuela de Santiago, acechando la salida, y al llegar Don Juan a la puerta de Guadalajara era tan compacta la muchedumbre, que rebosaba en el campo y se extendía formando calle a lo largo del camino.
Existía aún la suntuosa puerta romana llamada de Guadalajara, con sus fortísimos cubos de pedernal, unidos por encima del enorme arco con barandas y balaustres de la misma piedra dorada. Encima de este arco, y sobresaliendo gallardamente entre ambas torres, había una lujosa capilla con dos altares; venerábase en uno la imagen de Nuestra Señora llamada la Mayor, y en el otro la del Ángel de la Guarda, con una espada desnuda en la mano derecha y un modelo de Madrid de relieve en la izquierda. Acostumbraban a orar allí todos los caminantes, y siguiendo la general costumbre, apeose Don Juan y subió a la capilla, asomose después a la baranda para saludar al pueblo, que por uno y otro lado le aclamaba, y fue tal la gritería de bendiciones, despedidas y vivas entusiastas, que, según un escritor de la época, retumbó harto más de lo que fuera menester en las orejas torcidas de algunos.