Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y fue el caso que, durante la ausencia de Don Juan en la galera real aquella tarde, había llegado a Barcelona un correo de la corte con varios pliegos del rey, y uno entre ellos, todo de mano de Don Felipe, fechado el 17 de junio, o sea diez días después de la salida de Don Juan de Madrid, que produjo en éste el más amargo y profundo desaliento. No consta cuáles fueran estas órdenes de Felipe II que tan desagradable efecto causaron en Don Juan de Austria; mas, a juzgar por las dos cartas que escribió éste entonces y por otros antecedentes y consiguientes positivamente ciertos, es seguro que, a vuelta de otras órdenes que desconocemos, venían también en aquella carta reproches más o menos duros de Don Felipe a su hermano por aceptar el tratamiento de alteza y los honores de infante que por todas partes le prodigaban; que le prohibía recibir en adelante estos honores, que él no le había concedido, y le anunciaba una carta de Antonio Pérez con copia de las instrucciones que se enviaban a los ministros de Italia sobre el modo que habían de tener de recibirle y de tratarle, y que a estas mismas instrucciones se atuviese él estrictamente.
Aquella carta anonadó a Don Juan y dejó absorto a Juan de Soto, el fiel secretario, única persona a quien osó aquél confiarla. El hecho era verdadero hasta cierto punto, porque cierto era que pueblo y nobleza, grandes y pequeños, miraban y respetaban a Don Juan, en España y fuera de España, como infante de Castilla, pues hijo era del gran emperador y hermano del rey presente, y sus prendas y hechos personales hacíanlo capaz y merecedor de dignidad tan alta. Mas lo que era voto espontáneo y universal de pueblos y naciones, transformábanlo los envidiosos de Don Juan en intrigas y presuntuosos esfuerzos de éste para ocupar un rango que no tenía, y así lo habían deslizado traidoramente en las orejas del monarca. Resultaba, pues, cierto que los enemigos de Don Juan habían llevado sus hablillas y sus chismes al propio Felipe II; éralo también que éste les había dado crédito, y éralo igualmente -y esto era lo que más lastimaba el ánimo leal de Don Juan- que Don Felipe le había disimulado su disgusto como rey y como hermano, y despidiéndole con falsas palabras de benevolencia y confianza, condenábale en su ausencia sin escucharle, y encomendaba a un ministro extraño entre ambos hermanos el sancionar por una carta aquella grave humillación que le imponía.