Jeromín by Luis Coloma — Read

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El dolor de Luis Quijada por la muerte del César fue tan grande, que escribe a este propósito el monje anónimo de Yuste, testigo presencial de aquellos sucesos: «Acaeció que, salido el arzobispo con los demás señores, como arriba dixe, a escrevir al rey, nuestro señor, la muerte de su padre, se quedaron en el aposento, donde estaba el cuerpo del emperador muerto, los tres queridos de su majestad: el marqués de Miravel, Luis Quixada y Martín Gaztelbu (Gaztelu), los quales hicieron y dixeron cosas, en sentimiento de la muerte de su majestad que, a no los conoscer, fuera posible juzgar y sentir muy diferentemente dellos y de su gravedad. Davan voces, davan gritos, dávanse palmadas en el rostro y calabacadas en las paredes que parecía estaban fuera de sí, como lo estavan con la pena que sentían de veer muerto a su señor que en tantas honras les pusiera, y a quien tan tiernamente amavan y querían: decían muchas alabancas del César, referían sus virtudes. Y juntamente con esto, eran tantas las voces y gritos que davan, que despertaron toda la casa de su majestad, a que todos hiciesen otro tanto, asta que les sacaron del aposento, adonde quedamos los quatro religiosos que belamos el cuerpo como arriba dixe.»

Aquel exceso de dolor produjo, sin duda alguna, en Luis Quijada cierta irritación nerviosa que le hizo por mucho tiempo más duro y más severo en su trato, y quizá menos circunspecto en su prudencia. Sólo con Jeromín parecía haber acentuado, por el contrario, no ya sus cuidados y vigilancia, pues éstos fueron siempre extremados, sino las manifestaciones de su cariño y consideración, que antes eran más disimuladas.

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