Jeromín by Luis Coloma — Read

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Parecía aquello, por lo estrecho y desamparado, una prisión; por lo escaso y extraño del moblaje, con nada podía compararse, y por su forma triangular, lo macizo de sus muros y los restos que en ellos se veían de tapices arrancados, lujosas cornisas doradas y ricos artesonados de talla en el techo, parecía, y éralo, en efecto, el rincón de una suntuosa cámara que por comodidad o por capricho hubiérase aislado con un tabique. En el centro de este tabique divisorio levantábase un altar severísimo de oscuras maderas, sin más imágenes ni adornos que un gran Cristo de tamaño natural, cuyos lívidos miembros se destacaban con imponente realismo sobre el sombrío fondo: caíale sobre el pecho la moribunda cabeza, y su mirada agonizante iba a fijarse en el que se postraba a sus pies con expresión dulcísima de dolor y misericordia. En el rincón opuesto había una de esas arcas talladas del siglo XV, tan preciadas hoy y de escaso valor entonces; hallábase abierta y veíanse en su fondo muchos y terribles instrumentos de penitencia y algunos libros de rezo; apoyado en la pared había un banquillo de tijera cerrado, único asiento y único mueble que se veía en aquella singular estancia. Alumbrábala una gran lámpara de plata que ardía ante el altar, y a su reflejo dibujábanse vagamente los contornos de una extraña figura que se removía en el suelo, sobre las heladas baldosas, dejando escapar palabras entrecortadas y hondos gemidos.

Poco a poco comenzó a filtrarse la luz del alba por un estrecho ajimez abierto en uno de los muros, y entonces quedó perfectamente visible el solitario personaje: era un anciano de pronunciada nariz aguileña, blanca barba, que le caía sobre el pecho, y de tal manera enjuto y decrépito, que hubiérase podido decir de él lo que por aquel entonces decía Santa Teresa de San Pedro de Alcántara: que parecía hecho de raíces de árboles. Envolvíale una gran capa negra, y por debajo de ésta veíasele una especie de hopalanda blanca. Hallábase postrado ante el altar, sobre las frías baldosas, y retorcíase allí cual débil gusanillo, apoyando unas veces en el suelo la calva frente, alzando otras hacia el Cristo, sus enjutos brazos con ímpetus de amor y de angustia, como niño atribulado que implora el auxilio de su padre; veíasele entonces en la mano derecha un grueso anillo de oro con gran sello, que subía y bajaba siguiendo los movimientos del dedo como si estuviese ensartado en un enjuto sarmiento.

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