Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
EL JOROBANTE
El suceso que se acaba de referir no dejó de entristecer al tutor, quien, a pesar de su corazón dañado, no pudo ver con indiferencia la muerte de Josesito, que, si bien era fatuo y presuntuoso, en el fondo era excelente persona. Además, su plan dominante, que era vengarse de Celestina, no se había realizado según lo había concebido, y este era otro motivo de disgusto que contrariaba su carácter extremadamente activo para hacer el mal, y que sabía saborear el placer de la venganza. Algunos días se redujo a estar sentado en el mismo sillón, donde se hallaba cuando el padre de Arturo le entregó la cajita de alhajas, sumergido en las más profundas cavilaciones, y quién sabe cuántos días más habría seguido ese sistema si una festividad de mucha boga en México, no lo hubiera sacado de su inacción. Era, como se decía, la Kalenda de don Basilio Guerra. Nuestro personaje recibió su convite para asistir a tan solemne función; y por un momento se apartaron de su imaginación los pensamientos siniestros y fatales que lo habían preocupado desde la muerte de Josesito. Se figuró ya en el templo suntuosamente adornado, escuchando los acordes de una orquesta de profesores y las dulces notas del canto de Guadalupe Villanueva, Lola Fraunfeld y otras muchas señoritas notables por su hermosa voz y rápidos progresos en la música. Verificóse la función, y don Pedro estrenó vestido de fino paño negro, botas de charol, sombrero de seda y pañuelo paliacate; pero lo que más llamaba la atención, era una camisa de finísimo olán batista, llena de calados y embutidos, en la que brillaba un valioso alfiler de brillantes que parecía un sol; ya se adivinará fácilmente que era el fistol de Rugiero. La función de la Kalenda se verificó en el convento de Santa Clara; la iglesia estaba adornada con un lujo difícil de encontrar en ninguna otra del mundo cristiano; y la concurrencia escogida, porque centinelas colocados en la puerta, habían impedido la entrada del populacho, permitiendo sólo la de los caballeros vestidos de frac, y la de las lindas mexicanas que tenían el elegante traje de la saya y la mantilla, que va dejándose de usar. Las señoritas y jóvenes filarmónicos lucieron perfectamente, y sus melodiosas armonías llenaron las bóvedas del templo durante algunas horas.