El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Por la plazuela de Pacheco había una tienda de una sola puerta, cuyo frontispicio estaba ocupado por un sol pintado con unos grandes ojos, una nariz roma con sus ventanillas abiertas y una amenazadora boca; el padre de la luz tenía un encendido color rojo, y sus rayos abrasaban una mitad de la manzana, de suerte, que no sólo iluminaba la tienda, sino también una carbonería, un tendajón, donde se vendían loza y soldaditos de barro, y una maicería; arriba del sol, y con unas letras torcidas y mal dibujadas, estaba escrito un letrero que decía: Vengan a calentarse al Sol Mexicano.

En la tienda había un armazón, pintado de verde y amarillo, y se vendía en ella aguardiente, cohetes, carbón, manteca, garbanzos, fruta, fierros, reatas, vituallas, velas, pan y otra multitud de cosas más. El dueño de la tienda no era otro que el acreditado y volteriano tendero de Jaumabe, a quien hemos visto perdido de amor por la incomparable Celeste; tenía por compañera provisional una viuda, todavía fresca y rolliza, con dos hijas de su primer matrimonio. Nuestro tendero, a quien sus propios criados amarraron en un árbol en el camino para México, logró que lo desatara un compasivo pastor, que conducía sus ovejas a un corral cercano al camino, y aterrorizado con la amenaza, lejos de volverse al pueblo de donde salió triunfante, y con el plan de robarse a la supuesta hermana del cura, se dirigió a San Luis. Por fortuna, había distribuido sus onzas de oro en diversas bolsas de su vestido, y conservaba en los zapatos cosa de veinte, con cuyo capital se decidió a continuar su viaje hasta México, en donde, tan luego como llegó, pensó dedicarse a su productivo comercio de tienda mestiza, y se echó a buscar un local en arrendamiento, traspaso o compañía y se encontró, al fin, con la del Sol, que pertenecía a la viuda, y que no tenía más que el armazón, pues las existencias habían concluido; a las tres visitas, ambas partes contratantes se avinieron, y nuestro filósofo convino en recibir la tienda, la viuda y las hijas, sujetándose a todas las consecuencias del contrato. Con el dinero que había quedado existente al filósofo, habilitó lo mejor que pudo la negociación, y comenzó a caminar viento en popa, olvidándose de los libros de Voltaire y de su pasión ferviente por la fingida hermana del cura de Jaumabe, y ya que hemos atado uno de los muchos hilos de nuestra historia, veamos de qué manera progresaba el filósofo, y a qué clase de vida tenía que sujetarse.

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