Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ya que nuestros lectores nos han acompañado, no sólo a Tampico y a La Habana, sino también a presenciar las desagradables escenas de los barrios, los conduciremos ahora a la casa de vecindad donde sucedió la catástrofe de Celeste. En el mismo cuarto donde ésta luchó con la miseria, donde lloró tantas lágrimas, donde sufrió los ultrajes del juez de paz y de los esbirros, habitaban después dos viejas pordioseras; la una se llamaba la tía Marta, y la otra la tía Agueda. El cuarto había mudado de aspecto, las paredes blanqueadas y limpias, el envigado nuevo y perfectamente lavado, y en un rincón un brasero muy cómodo. En los dos rincones del fondo del cuarto había dos camas, y aunque eran simplemente unos bancos de madera, pintados de verde, encima tenían unos mullidos colchones de vellón, cubiertos con unas sobrecamas hechas de pequeños cuadros de zarazas de todos colores. En la pared, clavadas con tachuelas doradas, multitud de estampas, entre las cuales se veían el Señor de Chalma, el Señor del Sacro Monte, la Virgen de Ocotlán, el Niño Cautivo, Nuestra Señora de la Bala, etc. Una gran caja de color rojo y con dorados chinescos, en medio de las camas, y una mesita de madera blanca, completaban el ajuar.
La vida de los reyes, de los magnates, de los grandes comerciantes, de los opulentos propietarios, no era más feliz que la de estas dos viejas, que se levantaban a las seis de la mañana, enviaban a un muchacho que les hacía los mandados por el desayuno, disponían la servilleta, y se sentaban tranquilamente a su pequeña mesa. El desayuno se componía de leche; de buen chocolate y de roscas de manteca; y concluido, se dirigían a las iglesias cercanas, oían dos misas por lo menos, rezaban la Corona, Padres Nuestros, Salves, Credos a diversos santos, y salían del templo a vagar por la ciudad, hasta cosa de las dos y media o tres de la tarde, en que venían a comer; volvían a poner la mesa con su limpia servilleta; y con una beatitud envidiable se sentaban a saborear sus manjares, que algunas veces eran exquisitos. En la tarde, solía alguna de ellas echar una corta expedición, pero en cuanto daban las oraciones de la noche, cerraban su puerta, hacían sus liquidaciones, y una de las dos se calaba en la punta de las narices unas grandes antiparras, abría un libro en pergamino, que no era otro que el famoso Padre Parra, y se ponía a leer ejemplos hasta las ocho y media o las nueve de la noche, en que rezaban Magníficas, novenas y oraciones, y se acostaban, cenando antes sabrosos frijoles fritos, y bebiendo un vaso de espumoso pulque de la mejor pulquería de la ciudad.