Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.

Fácil es suponer que la cabeza que observó el señor Lamparilla desde el lugar donde estaba almorzando, no era otra sino la de Evaristo, y que las huellas que reconoció Cecilia eran también las del fugitivo, a quien no le convenía de ninguna manera ser descubierto; al efecto, para un caso semejante, tenía tomadas de antemano sus medidas y su escondite preparado detrás, o mejor dicho, en el centro de unas sacas de carbón aglomeradas constantemente cerca del embarcadero por los Trujanos, y en las cuales Cecilia no había fijado su atención.

La vida del tornero, desde que llegó a Chalco después del naufragio, había tomado diversas fases. En los principios vivió retirado en su cuarto del mesón. Salía a la hora del mercado, tendía sus montones de maíz, almorzaba sus frituras y tortillas en el mismo puesto y pasaba horas debajo de una sombra de petate, o platicando con los indios y criadas que le compraban el maíz, y tratando mañosamente de saber la vida y milagros de todos los vecinos de la ciudad, y especialmente la de Cecilia. A la tarde se retiraba, y nadie lo volvía a ver hasta el día siguiente. En poco tiempo se formó una buena clientela de marchantes, porque era muy complaciente con ellos, y aunque no podía disminuir el precio corriente del maíz porque eso le habría acarreado la envidia de los demás vendedores y despertado sospechas, si echaba colmos con liberalidad, y con esto acudían de preferencia a él y gozaba de la mejor opinión. Un día de cada semana montaba en su caballo flaco y flojo y en una vieja y remendada silla, y recorría los pueblecillos y ranchos cercanos para rescatar maíz, que pagaba al contado, y aun hacía sus préstamos y anticipaciones para obtenerlo más barato.

Reading navigation