Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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El sol salió, como de costumbre, despertando a los pájaros cantores, pintando de esmalte verde las hojas de los árboles, húmedas con el rocío y de variados azules las lejanas montañas. Las fieras y alimañas, saciadas con su banquete nocturno, volvieron a sus madrigueras, y la culebra de cascabel entró a su agujero, esperando cazar un ratón u otro animalito, ya que no había tenido el acierto de morder un talón del réprobo que vino a turbar su reposo.

La luz hizo un bien a Evaristo, que fue recobrando no sólo su ánimo sino sus feroces instintos. Descendió sin embargo de la mesa, con mucha precaución, abrió la puerta de par en par, registró cuidadosamente su ropa y calzado para cerciorarse de que no quedaba pegado ningún alacrán, se vistió y salió a la caballeriza. El caballo y la mula, mal atados al pesebre, seguramente en los momentos en que fueron cercados por los lobos y tal vez por un tigre, queriendo huir o defenderse, se ahorcaron con el cabestro que tenían al cuello y fueron pasto de las fieras. Del caballo no quedó más que el esqueleto. De la mula había todavía una mitad, que serviría para la cena de los lobos en cuanto se hiciera de noche. ¡Lo que los pobres animales sufrieron al ser devorados lentamente a mordiscos, no se puede ni imaginar sin dolor y lástima! Pero a Evaristo no le pasó por la imaginación eso, sino que, echando un juramento contra los coyotes, contra los alacranes y sobre todo contra la culebra de cascabel, a la que se proponía buscar y matar, pensó en la pérdida de los veinticinco pesos que le había costado la mula y de los cuarenta que había dado al administrador de La Blanca por el caballo.

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