Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Evaristo no hizo el camino descuidadamente como en la vez primera. En ésta iba poniendo mucha atención en el rumbo, fijándose en los grupos de árboles, en las rocas, en las veredas que se cruzaban, y no cesó de hacer preguntas al mozo que lo guiaba, de marcar con un cuchillo algunos árboles y de amontonar piedras de trecho en trecho, para que todo le sirviera a fin de no extraviarse si tenía necesidad de bajar a la hacienda La Blanca o a las ciudades de Texcoco y Chalco. La cuadrilla de indios le ayudaba, y caminaba con tanta seguridad como si fuesen sus propios terrenos. El indio y la montaña se conocen, son amigos viejos. La montaña mantiene al indio, le da sombra, abrigo y seguridad. El indio ama a la montaña, entra sin miedo en sus profundas soledades, y jamás se extravía. Como si tuviese un imán oculto en su pecho, encuentra su rumbo con seguridad, y si la noche le sorprende, ni se asusta ni se altera. Las fieras, como si creyeran que es como ellas, el habitante natural del bosque, nada le hacen, fraternizan con él y van pacíficamente a sentarse junto a la hoguera y a cuidar el sueño tranquilo del indio. En la mañana fácilmente encuentran un manantial de agua cristalina y frutillas de los madroños, encinas y yerbas tiernas y alimenticias que ellos conocen, y en las cenizas de la hoguera de la noche anterior calientan sus tortillas o un pedazo de cecina, que algún caritativo tendero del pueblo les dio en pago de algún servicio.
Evaristo, mixtura malsana del indio humilde y sagaz y del español altivo y ambicioso, había sacado únicamente las malas cualidades de las dos razas. No tenía miedo a tres o cuatro hombres que se le vinieran encima con puñales o armas de fuego; no vacilaba en recorrer las calles de cualquiera ciudad en las altas horas de la noche; para él no era gran cosa escalar la casa de Cecilia ni atropellar a una mujer; pero tenía miedo a la montaña y a su imponente soledad; tenía miedo a espantadizos aunque hambrientos coyotes, que podía ahuyentar con un tizón ardiendo.