Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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Más de dos meses llevaba Crisanto de despachar en su nuevo juzgado, sin que hubiese ocurrido nada de notable. Matrimonios desavenidos que se rompían de noche la cabeza e iban a presentarse al día siguiente al juez, cada uno con su queja; la mujer pidiendo que a su marido lo pusieran de soldado, y el marido alegando que su mujer lo había engañado yéndose con su compadre el carnicero, y que por eso la había golpeado; heridos en riñas en las pulquerías, con las tripas de fuera y todavía queriendo pelear con su enemigo; ladrones rateros, que le consignaba el Gobernador del Distrito; en fin, lo de todos los días; nada importante ni complicado. El escribano, realmente, despachaba el juzgado y hacía con los reos lo que le daba la gana, y se entendía perfectamente con los pillastres de los barrios y con las mujeres de mala vida, que le hacían regalitos. El párrafo del periódico causó una reacción en el ánimo de Crisanto y lo entusiasmó sobremanera. Era un caso horroroso, que había llamado la atención pública y que debía tener muchas ramificaciones y cómplices; el descubrimiento de la funesta historia y la aprehensión del reo o reos y su castigo en la horca, deberían proporcionar al nuevo juez la ocasión de acreditarse y de obtener, en consecuencia, un lugar en la Corte Suprema de su Departamento, y quizá después… Ministro de Justicia, y tal vez… Presidente de la República. ¿Y por qué no?… La ambición de un fuereño ladino no conoce límites.

-¡Ya sabrá usted el terrible acontecimiento! -dijo Crisanto a su escribano, luego que llegó al juzgado.

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