Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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El palacio feudal de la Calle de Don Juan Manuel, desde que se construyó con sus paredes pesadas y gruesas como las de un castillo, sus ventanas interiores con rejas de hierro y sus recámaras espaciosas y oscuras, era triste y severo como la mayor parte de los edificios que bajo un plan morisco se construyeron en México por los ricos descendientes de los conquistadores; pero el tiempo y quizá el modo de vivir de la noble familia que lo habitaba, y los pesares secretos que pesaban sobre ella, contribuyeron a darle todavía un tinte más siniestro y sombrío.

Los grifos y los horrendos mascarones que se asomaban al pie de las almenas en la ancha cornisa de la azotea, continuaron arrojando cada año con desesperante monotonía por sus bocas abiertas torrentes de agua, que en la estación de las lluvias inundaban el patio; continuaron mirando con una especie de enojo, con sus redondas pupilas de piedra, a las pocas personas que se aventuraban a penetrar en el zaguán y subir las altísimas escaleras; el viento rudo y frío invadía cada diciembre los corredores y pasadizos solitarios y hacía crujir y se llevaba astillas de los ya viejos bastidores; el polvo amarillento y sofocante que en la estación del calor venía de los suburbios sucios y abandonados de la ciudad, reposaba y formaba capas en los ricos jarrones de porcelana y en los dorados tibores del Japón, sin que una mano cuidadosa se atreviese a limpiar ni a reparar las averías y daños ocasionados por el tiempo; parecía que siglos enteros habían transcurrido, que los habitantes se habían quedado dormidos durante muchos años en sus recámaras, y el sol mismo, tan espléndido y radiante en México la mayor parte del año, no era bastante para calentar y desterrar el frío de esa señorial mansión. ¿Por qué pasaban así las cosas? Vamos a explicarlo.

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