Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los asuntos del gran Bedolla y Rangel iban de mal en peor. La sorpresa que le causó la providencia que suspendía la ejecución de los reos que él había condenado a muerte, fue tal, que se retiró a su casa con basca y desvanecimientos, y en tres días no pudo asistir al juzgado; tuvo que llamar al médico, que lo puso peor, y de vergüenza y de rabia no se dejó ver más que de su condiscípulo Lamparilla.
Restablecido y sacando fuerzas de flaqueza, se decidió, buscando siempre un pretexto, a ir a Palacio a continuar sus visitas y adulaciones. Con su aire de superioridad, entre afable y orgulloso, sus grandes pasos majestuosos y estudiados, penetró en los salones de la presidencia, bajó la cabeza para hacer un saludo protector a los que esperaban la audiencia, y tendió una amistosa mano al ayudante de guardia, que era su antiguo conocido y el que, de preferencia, le facilitaba el acceso hasta la alta persona del Primer Magistrado de la República. El ayudante, con cierta seriedad, en vez de estrecharle la mano, le presentó dos dedos tiesos y fríos, que Bedolla oprimió con susto y cólera. Entróse el ayudante a anunciarlo, y salió al momento, diciéndole con voz que pudieran oír los que estaban cerca: