Los bandidos de Río Frío coverCAPÍTULO 33
CAPÍTULO 33

PARTE II

El herradero

CAPÍTULO 33Visible text2 paragraphs
Relumbrón era hombre de a caballo, es decir, de esos elegantes que la echan de rancheros y de conocedores de los buenos caballos, que montan vistosamente ataviados con su calzonera de paño fino pegada a la pierna y cerrada en los costados con una serie de botones de plata, su chaqueta larga de color oscuro, su ligero sombrero jarano, blanco, con toquillas negras en forma de culebra enroscada, con la cabeza de oro, los ojos de brillantes y la cola de plata, la reata en los tientos, la espada con una fina cubierta de cuero labrado, bien colocada entre el arción y debajo de la pierna izquierda. Nada iguala a este tipo singular de caballeros, exclusivamente mexicanos. El caballo, de no muy alta estatura, de un corte finísimo, de cabeza pequeña y de ojos chispeantes y vivos, de cola recta y bien provista de cerdas finas, de manos de venado, con una pezuña que parece de acero bruñido y una boca que obedece al amor toque de las riendas. Ni el caballo de carrera inglés, ni el soberbio andaluz, ni el pesado normando se le parecen ni le igualan. Cada una de estas especies tiene su belleza y su utilidad relativa, pero ninguna de ellas es comparable a la raza de los buenos caballos mexicanos, adiestrados también de una manera particular para los ejercicios del campo. Los arneses, finos y bien hechos con gusto, tampoco tienen comparación ni con la pesada silla de los árabes, o la española, que se le asemeja, por más que debajo, encima y por todas partes se adorne con bordados y terciopelo de colores chillantes, ni con el albardón inglés, en el cual está el jinete tan inseguro, que casi no resiste un movimiento irregular y repentino del caballo.
La silla mexicana, ligera, segura, comodísima para el lomo del animal y para los asientos del jinete, permite que la piel lustrosa del noble bruto, sus manos ligeras y su anca redonda, se puedan admirar, a la vez que presta comodidad y, sobre todo, una seguridad tal para que el que monta, que es necesario ser muy colegial para caer, aun cuando galope, corra o haga esos saltos de través cuando se espanta o se para de manos y corcovea cuando está alegre. Esos hombres de a caballo, que abundan en los paseos de la capital y que, en efecto, pagan a peso de oro los más hermosos caballos de las haciendas del interior, suelen echar una mangana con facilidad, colear un toro y tirarlo, cuando no es muy pesado, se sostienen bien en la silla y son un bello y variado adorno en Bucareli, galopando al lado de las elegantes carrozas; pero están muy lejos de igualar en destreza, en gallardía y en fuerza a los verdaderos rancheros del Jaral, del Mezquital y Tierra Fría. Rafael Veraza (el paje favorito del duque de Wellington), a quien ya conocen nuestros lectores, que era no sólo un hombre de a caballo, sino una especie de centauro, se deshacía en elogios por los caballeros de que hemos tratado de dar idea en pocas líneas, y jamás usó otro traje ni cabalgó más que en caballos mexicanos y con los arreos mexicanos, que por su experiencia contribuyó mucho a perfeccionar.