Explore "Los usurpadores" by Francisco Ayala on Textopian. Read with annotations and highlights.
Así fue. Ni las advertencias de su propio Consejo de Estado, ni las admoniciones del rey don Felipe, que le exhortaba con su doble autoridad de político y de pariente, ni siquiera la voz prudentísima del Santo Padre, habían bastado a refrenar el ímpetu de aquella obstinada muchachez. Y la Cristiandad entera tuvo que presenciar, consternada, cómo se cumplía su vertiginoso destino: la estrella del rey don Sebastián cayó, pues, segada en el furor de miles de alfanjes, para anegarse en un espeso charco de sangre. Y ahora, pasada con el tiempo la angustia, en la memoria de los príncipes cristianos -testigos de la tierna, brillante exhalación que, sobre los mares, cruzara de Lisboa a Marruecos en el verano de 1578- sólo quedaba ya un recuerdo piadoso del adolescente que, contra todo consejo, había ido a sumirse allí con su ejército de turbulentos y perdularios.
Eso, ahora, transcurrido el tiempo y vencido el horror.