Explore "Vida de Pedro Saputo" by Braulio Foz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Yo, hijos míos (dijo), tuve en mi juventud una vanidad que me ha costado muy cara, pues me quitó la felicidad de la vida, sin sacar de ella por contrapeso otra utilidad que desengañarme de la virtud de las mujeres. Mas no creáis por eso que las condeno o que siento mal de ellas; no pueden ser de otra manera. Aun más: ni convendría que lo fuesen si no se mudaba enteramente el orden de causas en la inclinación que se tienen los dos sexos. También admitiré excepciones si se me piden; o al menos dejaré en su opinión al que las defienda.
Había llegado el término de mis libres entretenimientos en cuya edad, sin embargo, no causé ningún escándalo ni di lugar a feos rumores; pensaba en tomar estado; mas ninguna de las jóvenes que había tratado o conocía me pareció digna de llamarse mi esposa. Mi padre me había dicho que el suyo, es decir, mi abuelo, fue hombre muy sabio y que le habló muchas veces de la condición de los caballeros, de la diferencia de los tiempos, de la mudanza de las costumbres, del olvido de los usos antiguos, todo por causa que ya no estaba en manos de los hombres detener, y cuyos efectos serían aún mayores de sí mismos y por el solo curso de las cosas, porque en un siglo había corrido mucho el mundo y mudándose de modo que no se conocía. Que por consiguiente el hombre que sabía descostarse del vulgo juzgando sanamente de las cosas, y tenía valor para obrar conforme a la razón venciendo las falsas opiniones recibidas, no debía fundar la felicidad en causas ajenas y tal vez contrarias al orden y fin de la naturaleza. Y entre otras muchas consecuencias que de estas reflexiones sacaba, aplicándolas al estado particular de cada uno, decía que en la mujer para casarse no se debía buscar sino dos cosas, talento y agrado; y del nacimiento decía que sin despreciallo de ningún modo, no era de las primeras causas que contribuyen a hacellas más o menos dignas. Así es que mi padre imbuido de estas sabias máximas se casó con una labradora hija de una familia honrada, sí, pero casi pobre, y fue muy feliz con ella; y lo fuimos sus hijos también, porque era mujer muy amable, y solícita y advertida en todo. Y a mí me decía que si me parecía bien una mujer plebeya, no reparase en preferilla a otra de nacimiento, si por sus prendas solas y puramente personales no fuese tan digna como aquélla.