Read "Satiricón" by Petronio online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El relato precedente dejonos a todos atónitos de admiración: -Creo fiel tu narración, que ha hecho ponerse de punta mis cabellos, dijo Trimalcio, quien conozca a Nicero no pondrá en duda un ápice de su relato, pues es hombre veraz y poco hablador.
Yo también, añadió, voy a contaros algo horrible, y tan extraordinario como ver un burro pasearse por un tejado.
Yo llevaba aún larga la cabellera (pues desde niño hice vida voluptuosa), cuando Ifis, que era mi encanto y mi delicia, murió. ¡Por Hércules!
Era un niño hermoso como una margarita, una verdadera alhaja.
Mientras la mísera madre lloraba y nosotros con ella atestiguándole nuestro dolor, oyose de pronto un estruendo semejante al que producen los perros persiguiendo a una liebre.
Estaba con nosotros un capadocio, hombre de alta estatura, fuerte complexión y un valor a toda prueba; hubiera sido capaz de luchar contra Júpiter armado de sus rayos destructores.
Sacando, pues, su espada con aire resuelto y arrollando con cuidado su túnica al brazo izquierdo, sale de la casa, tropieza con una bruja, y la pasa de parte, a parte con su sable, como quien se bebe un vaso de agua.
Un gemido intenso oímos, pero en honor de la verdad, no vimos a las brujas.
Al entrar nuestro valiente, tendiose desfallecido en un lecho.
Todo su cuerpo estaba cubierto de manchas violáceas, cual si le hubiesen azotado sin piedad con una verga, como si le hubiese tocado una mala mano.
Cerramos la puerta y volvimos a nuestras piadosas funciones cerca del difunto; pero cuando la madre quiso abrazar el cadáver de su hijo, tocó y vimos todos que había sido sustituido por un maniquí relleno de paja que no tenía ni corazón, ni entrañas, ni nada humano.
Sin duda las brujas se habían llevado el cuerpo de Ifis, dejando en cambio aquella ridícula figura.
Os ruego que, en vista de hechos como éste, me digáis si puede uno atreverse a negar la existencia de las brujas ya burlarse de los maleficios que todo lo trastruecan.
Nunca ya volvió a recobrar su valor natural nuestro gran capadocio después de este suceso, y después de pocos días, murió atacado de delirium tremens.