Satiricón by Petronio

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Nos miramos asombrados unos a otros; y creyendo ambas relaciones, nos apresuramos a besar religiosamente la mesa para conjurar a las brujas a quedarse en sus casas y no molestarnos a nuestro regreso a los respectivos domicilios.

Tan ebrio estaba yo, que veía multiplicadas las luces hasta lo infinito y cambiar de aspecto toda la sala del festín, cuando Trimalcio: -A ti te digo, exclamó, Plocrimio [Plócamo] ¿nada cuentas? ¿Nada recuerdas para deleitarnos?

Sin embargo, tu solías ser un agradable narrador, cantabas admirablemente y recitabas con gran arte diálogos en verso. ¡Ay!

El encanto de aquellas sobremesas desapareció ya. -Ya, respondió aquel, la gota detuvo mi carrera.

En otro tiempo, cuando era joven, cantaba hasta ponerme ronco.

Pues ¿y bailar?, ¿y declamar?, ¿y en los juegos de destreza?, ¿qué rival he tenido, fuera de Apeles?.

A estas palabras, metiéndose dos dedos en la boca, produjo un silbido estridente, que nos dijo luego que era una imitación de los griegos.

Trimalcio, a su vez, después de haber tratado de parodiar a los flautistas, volviose hacia el objeto de sus amores, al cual llamaba Creso, y que era un niño legañoso, de dientes desiguales y negros.

El chiquillo se divertía en aquel momento envolviendo con una cinta verde a una perrilla negra, gordísima y asquerosa, a la cual hacía arrastrar por el lecho y a la fuerza un pan de media libra.

Esto hizo que Trimalcio se acordase de su famoso perro Seila [Escílax], el guardián de su casa y de los suyos, y ordenó que se lo trajeran.

Un instante más tarde vimos entrar un perro de enorme talla, a quien llevaba de la cadena el portero.

Al llegar al lado de Trimalcio, un puntapié de su conductor, advirtió al perro que debía echarse a los pies de su amo.

Así lo hizo el animal, y Trimalcio le dio pan blanco y exclamó: -No hay nadie en mi casa que me quiera más que este animal.

Creso, picado de tales alabanzas, puso en tierra a la perra azuzándola contra Seila, quien, por instinto de raza, comenzó a ladrar fuertemente, repercutiendo en toda la sala sus atronadores ladridos, y poco faltó para que despedazara a la Perla (que tal era el nombre de la antipática perrilla), pero el tumulto no se limitó a esto: de pronto, una de las grandes lámparas de cristal que daban luz a la sala y colgaba sobre la mesa, cayose a ésta y aplastó platos, y quebró vasos y manchó de aceite a varios convidados.

Trimalcio, para aparentar que no le afectaba tal pérdida, abrazó a Creso y le ordenó que se montase sobre sus espaldas. Tan pronto dicho como hecho; el chiquillo se puso a caballo y comenzó a dar palmadas en los hombros a su cabalgadura.

Después en la espalda con el dedo escribe riendo bulliciosamente: ¡Cuernos! ¡Cuernos!

Cuántos son?.- Después de sufrir algunos minutos esa especie de penitencia, Trimalcio ordenó que se llenase de vino un gran vaso y que se diese de beber a lodos los esclavos que estaban a nuestros pies. -Si alguno de ellos, añadió, no quisiera beber, échesele su parte por la cabeza. Durante el día soy severo, pero ahora quiero que reine la alegría.

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