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Dicho esto, me ceñí la espada, y temiendo que mi debilidad apagase mi furor, para aumentar mi vigor comí más copiosamente que de costumbre y me salí decidido del albergue, recorriendo como un loco, a grandes pasos, todos los pórticos.
Iba con aire extraviado, gesticulando amenazadoramente, no respirando más que sangre y matanza; a cada instante llevaba mi mano a la espada, a la espada vengadora, cuando un soldado reparó en mí; ignoro si era un vagabundo o un ladrón nocturno; y: -¿Quién eres tú?, me preguntó. ¿A qué legión perteneces? ¿De qué centuria eres?-Sin turbarme fórjeme al instante una legión y una centuria para salir del paso. -Dime, ante todo, replicó, ¿es que en el ejército vuestro los soldados se pasean con esa clase de calzado?-El rubor de mi rostro y el temblor de mis miembros me vendieron.
Fui despojado de mi arma y deshice el camino, retirándome al albergue.
Mi cólera se calmó poco a poco y no tardé en agradecer al soldado aquel rasgo de audacia que me privó del homicida acero.