Read "Satiricón" by Petronio online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Cuando fui a Asia, formando en la comitiva de un cuestor, acepté la hospitalidad de un vecino de Pérgamo, con singular agrado, no sólo por lo elegante y cómodo de las habitaciones, sino por la hermosura del hijo de mi huésped; y para que no sospechara el padre el amor que me inspiraba el muchacho, recurrí a este expediente: cuantas veces, de sobremesa, se trataba de las costumbres sodomitas tan generalizadas, tan vehementemente censuraba ese infame comercio, con tal indignación apostrofaba a esas gentes, y con tono tan severo protestaba de que se tuvieran esas conversaciones obscenas que herían mis castos oídos, que todos, y en particular la madre del niño, e consideraban como a uno de los siete sabios.
Muy pronto fui encargado de dirigir los estudios del muchacho, de darle lecciones y de conducirlo al gimnasio.
Sobre todo, aconsejaba yo siempre a los padres de mi discípulo que no admitiesen en su casa a ninguno de esos seductores de la juventud.
Un día de fiesta que reposábamos en los triclinios por la pereza de no subir, después de una copiosa comida, a nuestros dormitorios, advertí, cerca de media noche, que el chiquillo velaba.
Entonces, con tímido murmurio, pero claro, para que me, oyera, hice este voto: -¡Oh, Venus!
Si yo puedo besar a mi discípulo sin que él lo sienta, hago voto de regalarle mañana un par de palomas.-Oído el precio de mi voluptuoso deseo, el muchacho se puso a roncar; y mientras él fingía dormir le di varios besos. Contento con este principio, me levanté temprano al día siguiente y elegí un buen par de palomas que le llevó para cumplir mi voto.